Habia un señor elegante que pasaba sus días enfrente de la catedral.  Siempre se vestía de negro y usaba un clavel rojo. El señor decía piropos a las señoras porque le gustaba ver sus sonrisas. Un día vió pasar una mujer muy bonita y le dijo su mejor piropo. La señora no se sonrió y el señor se sintió horrible. Desde ese día, el señor desapareció. Poco después de su desaparición, floreció un jardín de claveles rojos. Cuando pasó por las flores, la mujer las vió y se sonrió.

All text and illustrations ©2000, Lori Langer de Ramírez
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